María José Delgado Guerra A01229257
“La misma luz.”
Mi madre dijo que cuando llegara
la hora de partir, lo hiciera sin mirar atrás.
“No pienses en lo que dejas,
piensa en lo que conseguirás” me dijo la última vez que nos vimos, aferradas la
una a la otra en la estación de trenes. Era un nuevo comienzo, no pretendía
rendirme sin antes conseguir lo que tanto ansiaba –lo que las dos queríamos
para mi– y me encontraba determinaba a cumplir la promesa que le hice a mi
madre. No mirar atrás.
Las primeras semanas fueron
difíciles, pero me mantuvieron distraída de mis pensamientos al preocuparme por
mi adaptación en una nueva ciudad. No era la primera vez que me enfrentaba a lo
desconocido, pero toda mi vida había vivido en un pueblo pequeño y pintoresco.
Mis amigos, mi hogar, mi vida; todo estaba ahí. Ahora tendría nuevas amistades
y viviría en uno de esos lujosos apartamentos de ciudad, pero no me sentía
cómoda ahí. No era yo.
Todo en la ciudad era diferente,
y nada lograba darme esa sensación de calidez que un hogar debe transmitir.
Incluso los saludos estaban mal; nadie decía buenos días al verte por la calle.
Con trabajos obtenías un “hola” de un extraño, y no tenía conocidos a quienes
considerar amistades. Estaba comenzando a sentir que no lograría hacerlo; mi
oportunidad de una mejor vida ¿acaso sería desperdiciada por mi temor? ¿por mirar atrás?
Creía que estaba condenada,
hasta que la noche antes de tomar mi decisión salí a tomar un paseo nocturno al
parque que estaba frente a mi apartamento. Estaba desesperada por aire fresco,
las paredes de mi departamento se cerraban y me aplastaban con una presión
imaginaria, pero que sentía muy real. Tan pronto mis pies tocaron la suave
superficie del césped comencé a respirar varias veces hasta calmarme. Era el
momento de tomar una decisión y estaba casi segura de cual sería.
–Disculpa –llamó una voz
desconocida detrás de mi, sobresaltándome un poco–. Lo lamento, no pretendía
asustarte.
–No se preocupe –respondí de
inmediato, observando a la desconocida que tenía en frente.
Era una mujer mayor, con un rostro
arrugado y el cabello blanco como copo de nieve. Mostraba una sonrisa amable,
la única que mis ojos habían visto en todo el día. De inmediato sentí algo de
simpatía por la señora, pues me recordaba a mi propia abuela. Notando que no
había dicho nada aún, decidí preguntarle si necesitaba ayuda.
–No, no, estoy perfectamente –me
dijo con voz calmada–. Pero te veías algo abrumada, solo quería asegurarme de
que estuvieras bien.
–Gracias –me incliné levemente,
como si le hiciera una reverencia. Era algo que acostumbraba hacer al
agradecerle a alguien–. Sólo… me encuentro algo agobiada. Soy nueva en la
ciudad y estoy comenzando a sentir que no pertenezco aquí.
La mujer no me dijo nada por un
rato y cuando volteé a verla noté que miraba con atención al cielo. Cuando
seguí su mirada noté la luna llena, brillante y redonda.
–La distancia duele, nos hace
sentirnos inseguros y muestra nuestras debilidades –dijo con una voz tan suave
que casi parecía irreal. Sus ojos verdes no se apartaban de la noche–; sin
embargo, también nos fortalece. Nos hace ver un lado de nosotros mismos que no
podríamos haber conocido de no encontrarnos en total soledad.
>>Pero nunca estamos realmente solos,
querida. Siempre que creas que estás por rendirte, mira al cielo en una noche
como esta y piensa en lo hermosa que se ve la luna, lo brillante que son las
estrellas.
–Perdón pero, ¿eso como podría
ayudarme? –pregunté cautelosamente, temiendo que pudiera ofender a la anciana.
–Es la misma luna que ven tus
seres queridos cada noche –la mujer por fin volteó a verme, volviendo a sonreír
con amabilidad–. Si todos vemos el mismo cielo, ¿qué tal lejos estamos en
realidad?
No hay comentarios:
Publicar un comentario