martes, 23 de febrero de 2016

Bosque- Ana Baillo

 Estoy rodeada de árboles, no se en que momento me adentré en el bosque. Me apoyo en uno de ellos y me deslizo hasta quedar sentada entre sus raíces. Entierro la cabeza entre mis piernas, y dejo escapar un débil sollozo. No lloré en frente de mi madre y mis hermanas cando mi padre murió y tampoco lloré enfrente de Harry cuando me rompió el corazón. No podía mostrar debilidad enfrente de ellos, tenía que ser fuerte. Pero ahora en medio de la nada ya no había necesidad de serlo, así que dejo que las lágrimas se deslicen por mis mejillas, no me molesto en secarlas. Empieza a llover sin previo aviso, y al poco tiempo no sé si son las lágrimas o las gotas de lluvia las que hacen que mi cara este tan mojada. Lloro porque me siento la persona más repugnante por haberle mentido a toda mi familia y por haber engañado así a mi prometido. Lloro porque sé que me merezco mi corazón roto. Lloro por una cantidad indefinida de tiempo.
 Un escalofrío me recorre por el cuerpo y me devuelve a la realidad. Esa realidad es que ahora, todos deben de estar preguntándose dónde estoy…o tal vez no. Pero aún así tengo que regresar, además, la lluvia me cala hasta los huesos. Me levanto con dificultad y miro a mi alrededor. Estaba tan ocupada lamentándome que ignoré o quizá ni me había percatado de que no tengo idea de dónde estoy. Trato de que el pánico no me invada, me obligo a mi misma pensar. ¿Qué es lo que se debe hacer cuándo estas perdida? ¿Gritar?... ¿Correr en círculos? Probablemente eso no sería muy buena idea, pero es lo que más me dan ganas de hacer en este momento. “Vaya, hasta en situaciones malas piensas como toda una señorita”, me digo a mi misma. Una carcajada nerviosa se me escapa.
Me muerdo el labio hasta hacerme daño.  Tengo ganas de llorar de la desesperación, pero siento que estoy  tan seca como… ahora mismo ni siquiera puedo hacer una comparación.

De la nada, el frío que hace segundos sentía, desaparece. El viento que rugía en mis oídos deja paso a un pesado silencio. Ahora lo único que escucho es mi respiración, acompañada de la lluvia que ahora baja de volumen. Antes de siquiera asustarme por el repentino cambio, siento un agudo dolor de cabeza acompañado de un terrible mareo. Me agarro la cabeza con ambas manos y caigo de rodillas entre las hojas secas. Se me nubla la vista y el dolor aumenta. Después nada.

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