martes, 23 de febrero de 2016

El castillo - Juan Pablo
Caminamos sin rumbo, el castillo es más grande de lo que creíamos. Ya han pasado 5 horas, ya solo nos quedan dos antorchas.
Emilio grita:
¡Maldita la hora en que llegamos a este lugar!
Un silencio penumbra desde la obscuridad, solo escuchamos el viento moviéndose entre los pasillos.
La verdad no lo culpo, recuerdo como habíamos llegado; éramos un grupo grande de como quince jóvenes, recuerdo a las niñas platicando sobre el concierto, nosotros cantando hasta nuestro último aliento, todos caminando hacia la sala principal “El centro de este infierno”.
Ahora solo somos cinco.
Fernando y Diego a los costados del grupo, traen consigo las espadas de las armaduras que vimos en la sala principal, vigilan que nadie se acerque; Emilio al frente del grupo va cargando con su mano izquierda una de las antorchas mientras trata de iluminar el camino, con su mano derecha carga una espada en caso de que alguien aparezca.
Yo estoy en el centro cargando a Valeria en mis brazos, ya hace rato que cayó desmayada, está agonizando, la herida del estómago no deja de sangrarle.
En el viento se escucha la risa de ese maniático.
Nuestro caminar es lento, estamos precavidos, esperando que nadie aparezca.
La noche se hace cada vez más obscura, Emilio enciende la última antorcha.
Caminamos por una hora sin encontrar la salida.
Vemos manchas de sangre en el suelo.
Alcanzamos a ver la salida, corremos hacia ella, Emilio tumba la puerta y sale, Fernando y yo salimos después; pasan varios segundos; Diego no sale.
Valeria me susurra - ya es tarde -
Se escucha otra vez la risa; la puerta se cierra.

Ahora solo somos cuatro.

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