El castillo - Juan Pablo
Caminamos sin rumbo, el castillo es más grande de lo que
creíamos. Ya han pasado 5 horas, ya solo nos quedan dos antorchas.
Emilio grita:
¡Maldita la hora en que llegamos a este lugar!
Un silencio penumbra desde la obscuridad, solo escuchamos el
viento moviéndose entre los pasillos.
La verdad no lo culpo, recuerdo como habíamos llegado; éramos
un grupo grande de como quince jóvenes, recuerdo a las niñas platicando sobre
el concierto, nosotros cantando hasta nuestro último aliento, todos caminando
hacia la sala principal “El centro de este infierno”.
Ahora solo somos cinco.
Fernando y Diego a los costados del grupo, traen consigo las
espadas de las armaduras que vimos en la sala principal, vigilan que nadie se
acerque; Emilio al frente del grupo va cargando con su mano izquierda una de
las antorchas mientras trata de iluminar el camino, con su mano derecha carga
una espada en caso de que alguien aparezca.
Yo estoy en el centro cargando a Valeria en mis brazos, ya
hace rato que cayó desmayada, está agonizando, la herida del estómago no deja
de sangrarle.
En el viento se escucha la risa de ese maniático.
Nuestro caminar es lento, estamos precavidos, esperando que
nadie aparezca.
La noche se hace cada vez más obscura, Emilio enciende la
última antorcha.
Caminamos por una hora sin encontrar la salida.
Vemos manchas de sangre en el suelo.
Alcanzamos a ver la salida, corremos hacia ella, Emilio tumba
la puerta y sale, Fernando y yo salimos después; pasan varios segundos; Diego
no sale.
Valeria me susurra - ya es tarde -
Se escucha otra vez la risa; la puerta se cierra.
Ahora solo somos cuatro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario